El 28 de diciembre de 2016 publicamos una inocentada sobre búnkeres atómicos certificados Passivhaus. La broma tenía, como todas las buenas bromas, un poso de verdad técnica.
Esta entrada nació como una inocentada, publicada el 28 de diciembre de 2016. Conviene decirlo desde la primera línea para no confundir a nadie: lo que sigue es una ficción escrita con intención humorística. Aun así, la premisa no era del todo absurda, y vale la pena releerla con la distancia que dan los años.
La construcción de refugios nucleares se ha popularizado entre un sector de la población que, al levantar su casa, preparaba también un espacio para sobrevivir en caso de emergencia. La inocentada imaginaba que el estándar Passivhaus llegaba a este tipo de construcción y que los nuevos refugios empezaban a certificarse con el sello.
Como se trata de edificios soterrados, el texto fabulaba que el Instituto Passivhaus se había visto obligado a definir las características concretas que debería cumplir esta tipología. El nombre en clave atribuido a ese supuesto clima era «Nuclear climate», que habría contemplado diversos supuestos específicos. La broma iba más allá y describía una proliferación de empresas en solo cinco años: desde las que ya construían búnkeres atómicos y decidían incorporar el estándar, hasta especialistas en Passivhaus que ampliaban actividad hacia los refugios.
El texto atribuía aquel auge imaginario a la inseguridad del momento: la guerra en Siria y la crisis de los refugiados, el auge de la extrema derecha en Europa, el Brexit y la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. La ironía era doble, porque el presidente entrante tenía en sus manos el botón del armamento nuclear y se había mostrado incrédulo ante el cambio climático.
Aquí es donde la inocentada tocaba tierra firme. Un refugio debe ser autosuficiente energéticamente y mantener el confort y la salubridad interior durante periodos largos, y en ese terreno el estándar Passivhaus encaja con naturalidad. Aire limpio y libre de contaminación, temperatura estable gracias a la ventilación mecánica con recuperación de calor, filtración del aire de entrada: son exactamente los mecanismos que hacen habitable un espacio cerrado durante mucho tiempo. La broma funcionaba precisamente porque la lógica energética no era un invento.
Los mismos principios que hacen confortable un búnker imaginario son los que aplicamos cada día en construcción real. La ventilación de doble flujo y la hermeticidad de la envolvente son el núcleo del sistema Eskimohaus, y también la base de cualquier rehabilitación energética bien planteada. Si queréis entender cómo se demuestra esa hermeticidad, el test Blower Door lo explica con precisión.
En PAPIK Group no teníamos, ni tenemos, ninguna intención de dedicarnos a la construcción de refugios nucleares. Lo que sí celebramos, y era el fondo sincero de aquella broma, es que la cultura de la alta eficiencia energética se extienda a sectores muy diversos. Cada vez que un profesional entiende que un edificio puede ser confortable con un consumo mínimo, el estándar Passivhaus gana terreno, aunque sea a través de una inocentada.
La mejor sátira es la que descansa sobre una verdad técnica: si una casa pasiva puede mantener la vida bajo tierra, imaginad de qué es capaz en la superficie.